Páginas

martes, 1 de diciembre de 2015

Incrédula

En el mundo de las marionetas había una que sobresalía, pero no precisamente por ser la más coqueta. Todos la llamaban la Incrédula. Nunca quería participar en ninguna obra de teatro, por muy corta que fuese la actuación. No creía que pudiese hacer nada bien y prefería observar desde la parte de atrás.
En una de las actuaciones del resto de marionetas, ella se sentó en un banco situado detrás del telón. Pudo ver que debajo del banco había algo que llamó especialmente su atención. Era una máscara muy bonita, llena de color y brillaba sin parar. Por un instante pensó en buscar a su dueño, pues tal reliquia debería ser muy importante. Sin embargo, se la llevó sin que nadie pudiese verla. Ya en casa se la probó y se sintió diferente, como una estrella que brillaba más que ninguna. Comenzó a actuar sin parar, a recitar cuentos y a cantar. Sus hermanos pequeños, observándola no paraban de reír y disfrutar de todo cuanto hacía la mayor de ellos. Incrédula, al ver tanta felicidad reflejada en las caras de los pequeños, se aferró a la máscara desde aquel momento.
Al día siguiente, se presentó en el teatro con la máscara puesta y llegó con tal alegría y actuando con tanta maestría que nadie daba crédito a tanto arte. Todos querían actuar con Incrédula, pero nadie sabía quién era esa marioneta que tras la máscara se escondía.
Un día y otro día era la protagonista y nadie lograba averiguar quién había tras la máscara misteriosa...
Las más famosas marionetas decidieron preparar una actuación especial, algo que nunca se hubiese visto antes y esta vez contaban con el talento de aquella máscara talentosa.
Pidieron a Incrédula que se quitase la máscara para tal evento, pero ella nunca accedió a tal petición. Ella tenía confianza en su amuleto, no en sí misma. Incrédula pensaba que era una buena artista gracias al brillo del objeto que ocultaba su identidad. Desde el primer momento pensó que si fallaba nunca nadie sabría quién era realmente.
Llegó el día de la actuación e Incrédula no sentía nervios ni desconfianza, creía que con su rostro oculto tras aquella mágica máscara nada podría salir mal.
Todos los niños esperaban impacientes la subida del telón para ver a la gran protagonista. Ella actuó tan bien como siempre. Había pasado tanto tiempo observando que sabía más que nadie de teatro. Terminó la función con más aplausos que nunca. Sus compañeros boquiabiertos, eufóricos gritaban su nombre: "¡Bravo Incrédula! ¡Fantástica!"
Fue entonces cuando nuestra protagonista se dio cuenta de que había actuado sin máscara. Se le había caído en medio de la actuación y de tanta pasión que puso en su interpretación no se había dado cuenta. Al principio, sintió un poco de vergüenza y miedo por si alguien le reprochaba algo. No obstante, al ver tanta satisfacción a su alrededor, ella se sintió orgullosa, segura y feliz por su gran trabajo. Se había dado cuenta de que el talento estaba en ella misma y no en su brillante amuleto .
Incrédula metió la máscara en su caja de recuerdos. Ya no le hacía falta, pero no quería tirar algo que había sido tan importante para ella y simplemente la guardó con todo el cariño: "ya no te necesito, pero siempre te estaré agradecida por todo lo que me has hecho ver; por fin creo en mí misma".

 



"EL MEJOR AMULETO QUE EXISTE ES CREER EN UNO MISMO"

No hay comentarios:

Publicar un comentario