Esta es la historia de Rita la oruguita...
Nació en un bosque repleto de plantas de todo tipo: flores de todos los colores y formas, árboles altos, bajos, rugosos y lisos...
La curiosidad hizo de ella la oruga más conocida de todas. A Rita le gustaba mucho cada planta del bosque, pero le llamaba especialmente la atención una flor a lo lejos. No destacaba mucho entre las demás, pero para ella era la más peculiar.
Mientras se acercaba a ella muy lentamente iba preguntando a cada planta mil curiosidades y se daba a querer por casi todas. El bosque era un entorno maravilloso, pero para Rita alcanzó su mayor esplendor cuando al fin llegó hasta aquella intrigante flor. Le costó un poco más conversar con ella y darse a conocer, quizá porque le gustaba más que cualquier otra. Pasaba el tiempo y allí seguían mirando, escuchando y hablando de todo. Hasta el silencio era agradable cuando estaban juntas la flor y la oruga.
Cuando llovía o el sol salía, la flor siempre protegía a la oruguita para que no pasase ni frío ni calor. Sin embargo, un día de invierno, una gran tormenta hizo que la flor perdiese sus hojas, su fuerza y su esplendor. La oruguita se vio desprotegida y no supo cómo ayudar a la bella flor. Si trataba de subir en ella para que no se mojase podría romper su debilitado tallo.
Pasó todo el invierno al lado de la flor, pero esta seguía sin mejorar: no hablaba, sus hojas no brotaban... Muy a su pesar, triste y desconsolada, Rita tuvo que abandonar a su dulce flor. Ella también se estaba debilitando por el frío, la lluvia y las heladas.
Durante mucho tiempo anduvo errante la oruguita sin saber a dónde ir. Llegó la primavera y mientras el bosque volvía a florecer, ella se sentía cada vez peor. Trató de pedir ayuda a otras flores. Algunas ni se molestaban en oirla y otras aunque lo intentaban, no la hacían sentirse ni cómoda ni protegida.
Siguió caminando sola hasta llegar al tronco de un arbusto, el cual no hablaba, pero sí quiso escucharla. La triste oruguita decidió crearse una coraza alrededor de sí misma, instalada junto a aquel arbusto. Hablaba y hablaba con él sin parar. Aunque nunca recibía respuestas, ella poco a poco se iba sintiendo cada vez más reconfortada.
Pensaba, soñaba, imaginaba y reflexionaba sobre todo lo que había conocido en aquel gran bosque y en todo aquello que le quedaba por conocer. Para pasar el tiempo aprendió a tejer y coser y comenzó así a elaborar mantas con pequeños retales para abrigarse en las siguientes heladas. Mientras cosía, pensaba en las flores que no la dejaron acercarse y en aquellas otras que habían sido un poco más amables. Especialmente pensaba en su flor y en su inseparable arbusto...
Ya después de mucho tiempo cansada de estar metida en su coraza decidió asomarse para ver aquel bosque del que tanto había aprendido. Aquella naturaleza tenía melodía propia - ¡Qué belleza! Y yo aquí metida - pensó.
Al fin decidió salir de ella y cuando ya estuvo fuera se dio cuenta de que aquello que había cosido como mantas, eran dos grandes alas con las que estaba volando incluso por encima del arbusto.
Radiante de felicidad, agradeció encarecidamente a su amigo, quien había dejado que se instalase sobre su tronco. Prometió visitarle a menudo, pero había llegado el momento de volar y de disfrutar.
Emprendió el vuelo y con el primer vistazo observó cómo aquellas flores que la habían rechazado la llamaban y ella simplemente volaba y volaba sin ni tan siquiera mirar atrás.
De pronto observó una flor que volvió a captar su atención. Era diferente a su flor... pero no... ¡era su flor! Había mejorado y ahora brillaba incluso más. Ambas estaban
más fortalecidas que antes. Aunque sus hojas habían sufrido, sus raíces estaban
intactas y eso hacía de ella una flor más llamativa. Se acercó y la flor
reconoció en aquella hermosa mariposa a la sensible y agradable
oruguita a la que había protegido. No habían perdido ni un ápice de
magia entre ellas y ahora no solo se podían proteger a sí mismas sino que se protegerían mutuamente porque habían crecido por separado, pero siempre pensando la una en la otra.
Es una manera metafórica de decir que hay algún momento en la vida en el que nos encontramos con una situación difícil y nos tenemos que enfrentar a ella de la mejor forma posible. En el periodo de adaptación en la resolución del problema sufrimos un cambio (ese que nos fortalece sin ser conscientes de ello). En ese proceso de "oruga a mariposa" nos encontramos con quienes nos defraudan, pero también los hay que nos sorprenden gratamente. Mientras nos damos cuenta de todo esto, nos van creciendo esas "alas" que nos dan la capacidad para volar y mirar las cosas desde otra perspectiva y entonces es cuando podemos decidir qué sí, qué no y cuándo el momento es el adecuado.
"Busca las flores que mayor estabilidad den a tus alas y a la vez mayor impulso para volar más alto. Si no encuentras esas flores pues... ¡a volar se ha dicho! que para algo fabricas tus propias alas".

No hay comentarios:
Publicar un comentario