Cuanto más te conozco más imposible veo salir a salvo de tu sonrisa y de tu luz. No me he podido resistir a la magia que transmites, que casi puede abrazarse.
Me he dado cuenta de que eres de esas personas que no debes perderte en la vida: eres de las que debes dejar entrar y permitir que te empape.
Nunca pensé que terminaría con tu energía impregnada en mí, con tu entusiasmo y ese lunar de tu mirada en mi corazón; nunca pensé que sería el inicio de una pequeña punzada, de un amor fugaz, uno imposible, uno donde no eras tú pero de verdad deseaba que lo fueras.
Siempre te comparo con el mar, con la playa, sobre todo con las olas; olas fuertes, desbordadas e intensas. Esas que te invaden y te envuelven pero que, al bajar la marea, te llenan de calma y de serenidad, porque se convierten en aquel lugar donde siempre desearás ver el amanecer. Y tú para mí eres eso: fuerza, calma y luz.
Me gusta pensar que ha sido el destino (mi sino) el que decidió que al menos coincidamos una vez. Existes y estás por ahí desprendiendo efectos especiales... pero siendo el agua de otro lugar.
No eres tú, pero ojalá sí.