Cuenta la leyenda que existe un duende que aparece
sólo en Navidad.
Hay muchos para los que la Navidad es una época más
del año. Pero para otros muchos simplemente es especial. Todos hablan de Papá
Noel, Reyes Magos y misa del Gallo. ¿Pero quién sabe algo sobre este duende? Él
no reparte regalos, no se ve como tal, pero está.
En lo alto de las montañas vivía un viejo duende
gruñón. Toda su vida la pasaba preocupado por sobrevivir: cosechaba cereales,
preparaba su plato de cada día, iba a buscar leña para calentarse y miraba de
lejos el bullicio de la ciudad. No le gustaba vivir en sociedad, no le gustaba
la compañía de nadie. Era invisible a todos porque nadie sabía que existía.
Una noche, mientras dormía, oyó un fuerte ruido en
la puerta de su cabaña. Se asustó y no sabía si salir para averiguar qué era.
Poco después, ese ruido sonaba cada vez más cerca. Entonces el duende tuvo la
necesidad de saber quién estaba en su casa. En el salón había un niño pequeño,
de unos 8 años, temblando. El duende salió y quiso asustarlo, con lo que el
niño salió huyendo de la casa adentrándose en la oscura y fría noche del mes de
diciembre. Corría y corría el niño sin saber dónde ir.
Tras unos instantes, el viejo duende comenzó a sentirse mal
por haber asustado al niño. –Puede que no quisiese hacerme daño-, pensó el
duende. –quizá sólo tenía frío-. Los remordimientos en el duende eran cada vez
mayores y salió en busca del niño sin pensarlo más. Tras buscar y buscar por
toda la montaña, finalmente lo halló acurrucado junto a un árbol, llorando.
-¿Por qué lloras?- Preguntó el duende. El niño respondió que se había perdido.
Durante la tarde había salido junto a su familia a buscar piñas y leña, él se
alejó demasiado y los perdió de vista. No sabía cómo regresar a casa, la
montaña estaba muy lejos de la ciudad. Vio una pequeña luz en la cabaña y sólo
quiso refugiarse del frío de la noche.
El duende le explicó que no le gustaba estar con
nadie, así que le iluminaría mientras caminaban hasta llegar a la ciudad.
Unas horas después, llegaron a la casa del niño.
Cuando los padres al fin lo vieron en la puerta lloraban de alegría. El niño
les contó que había sido un duende quien le había ayudado a regresar a casa, pero
que había desaparecido sin más, sin despedirse.
A la mañana siguiente, fueron en busca del duende
para agradecerle el gesto tan bonito que tuvo. Encontraron la cabaña, pero no al duende. -¿estás seguro de que aquí hay un duende?- preguntó el papá al niño.
–¡Claro!-, dijo éste. Estuvieron largo rato esperando y decidieron volver a casa,
pero no sin antes dejarle un buen pastel en la puerta de la cabaña.
El duende, que estaba escondido dentro, salió a buscar
el presente. Le parecía extraño que dejasen algo tan delicioso, a pesar de no
haber sido hospitalario con el niño, él lo echó de su casa.
Volvió la familia con el niño al día siguiente y
tampoco consiguieron ver al duende. Después de muchos días dejaron de ir,
pensando que el duende era fruto de la imaginación del niño.
El día de Navidad, el duende pensó en acercarse a la
casa del niño y ver cómo era aquella familia, quería intentar entender por qué
habían ido en su busca con tantos detalles para él. –Solo soy un viejo duende
invisible- pensó Lumen, que así se llamaba.
Cuando se asomó a la ventana, el niño lo vio y llamó
a sus padres emocionado con la visita de su duende. Los padres seguían sin
verlo, pero al ver a su hijo tan feliz ellos volvieron a sonreír.
A Lumen le hizo gracia aquello. Y se asomó a todas
las ventanas de las casas haciendo sonreír a todos los niños. Poco a poco,
nuestro duende perdía el miedo a que lo viesen y cada vez brillaba más y más.
Así, finalmente todos lo veían brillar; nadie sabía qué era (excepto los
niños), pero a todos hacía felices.
Desde entonces, Lumen va casa por casa dando luz a
cada familia, a cada persona y transmite así la alegría de la Navidad.
*Busca esa luz, que a veces cuesta ver, pero está.*

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